Cajón desastre… tazas…

Posted: 10 agosto, 2016 by Marilú

Siempre quise hablar de tazas, de hecho, el cajón empezó por una pieza caída en combate.

En su memoria y la de tantas otras he decidido volver a ellas.

Ley de vida, los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren; las tazas se tienen, se usan, se bebe de ellas y perecen en un restallar abominable. La tragedia se masca. El vacío se queda. El amor reúne diversas formas y uno de ellos tiene borde y asa.

En la dicha del día que comienza o el hastío de la jornada en puertas, en las tardes de invierno, en las noches antes de culminar sueños, entre fríos y manos, en todos los casos del concurrir eventualidades ofrece la taza un delicado posar los labios.

En tales momentos, si no has estado en Babia y olvidado desde tan lejano lugar el declive de los grados centígrados, asciende hasta ti un vapor candente. Aspiras aquel indicio, durante un segundo imperceptible, rozando lo gustativo, consagrando el paladar a promesa de éxtasis y luego… el líquido que vadea sobre esa, tu compañera, amiga y taza, domina la circunstancia. Aunque… en esto, como en todo, hay algún infiel según con qué.

Monógamos de taza única, polígamos de tazas varías, aventuras en vaso corto o traiciones de larga medida y mezquino cristal. Tocando en la puerta del vicio me centraré en los pecados capitales, en el culto a las tazas y hablaré de los males que las rodean. 

 

El caso más común se produce cuando teniendo las tuyas en casa, volviendo el rostro, distrayendo la mirada, elucubrando en otras causas, de pronto ¡flash! sin previo aviso, frente a ti LA TAZA. Esa que te hace querer una más, solounamás.

Extiendes la mano, la tocas y se infunde una imagen hiperrealista de una alacena atestada y hasta los cajones de ti. Rayana en la sobreabundancia. A este pecado se le denomina avaricia, al sujeto que lo padece, coleccionista.

 

Puestos a desgranar y denunciar semejantes vicios, entre los más incomprendidos de los pecados nombro a la pereza por vaga, floja y poco motivada. Se reúnen bajo esta desventura del alma mater de la porcelana, los indiferentes sujetos que ingieren soluciones líquidas en cualquier modelo de recipiente. Una práctica desprovista de encanto, una resta del infusionismo crónico, de la teinoadicción o la cafeinómanía de alto standing. Completos inconscientes del placer de la taza. ¡El gran tazón los pille confesados!

Y tomados casi del asa concurren otros dos. Sucediendo así:

Uno, que decía ser amigo, invita a un café con leche o un cacao con magdalenas y sea como fuere, el rito fraterno, el compadreo afable y el ambiente distendido se diluye como azúcar en manzanilla ante la presencia de un ejemplar llamativo. El dolor se instala en tu pecho y la desdicha inunda tu boca cuando preguntas por esa séptima maravilla del arte y la vasija. He ahí un sentimiento que deriva en congoja, sufrimiento, martirio y pleitesía ¿me la das? ¿me la vendes? en nombre de nuestra amistad ¡entrega la taza!

Así sucede con la envidia y de igual modo te hundes en el fondo de aquel elemento de vidrio borosilicatado cuando obtienes una negativa irrebatible. Herido, escindido por tan innoble acto elevas la barbilla y dices con soberbia: prefiero las de cerámica.

No exentos estos cuatro pecados de gravedad y espíritu de condena hablare de la gula y lujuria. Se comprende que nadie imagina el mascar rumiante de la porcelana china, ni malvina. Ni hablar. Se asimila que el acto amatorio no incluye tazas.

He aquí cuando el contenido y el continente se alían en una taza de PALADÍN en un minuto, RAM con más poder que Ra, VALOR para no caer en tentación o TORRAS por más que corras. Marcas negras como el pecado, marcas blancas que te condenan. Angelines de chocolate (dicen que son sustitutivos) tocando el arpa de las delicias y el paraíso de la dulzura. No hablaré de su acompañantes ¡oh, piedad! pongamos el punto y final.

Y llegando al desenlace me centraré en dos tazas amadas. La una era de flores, alta, fina y esbelta, con una caja a juego que aún conservo. La otra era achaparrada, maciza, gruesa, de un azul cobalto y serigrafía de mandala místico. Ambas caídas en desgracia, desde manos ajenas y manos propias, en precipitaciones de añicos y trozos de alma partida. Crash resonantes e iras eternas. Descansen en paz amadas mías.

Leída su redacción, la chica se levanta de la silla y dice:

—Me llamo Marilú y he pecado.

—Bienvenida Marilú —responden todos en el grupo Anónimos del té con pastas.

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¡¡Brinden tazas!!

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